Bueno… tengo que empezar diciendo que The Wild Robot me destrozó emocionalmente y al mismo tiempo me hizo amarla con locura. Y sí, me puse a llorar varias veces, lo admito sin pudor. No es una película que uno pueda ver con la mente distraída, con el móvil al lado, pensando “a ver qué pasa” … no, esta película te obliga a sentir cada momento, y creedme, no hay escapatoria.
La historia sigue a Roz, un robot de asistencia (su propósito es proporcionar ayuda con algún problema y una vez finaliza su tarea, debe marcharse) que naufraga en una isla desierta. Al principio, Roz es pura lógica y programas, nada de emociones, nada de humanidad. Pero la película hace algo mágico: te hace encariñarte con un robot, con un ser que literalmente no puede sentir… y luego, lentamente, la ves aprender a amar, a cuidar, a ser madre y amiga. Su misión principal en la película consiste en cuidar a un ave que se ha quedado solo y enseñarle a volar durante el verano con los de su especie. Es tan conmovedor que uno termina cuestionándose si realmente necesitamos ser humanos para ser empáticos.
La animación es un sueño absoluto. Cada hoja, cada animal, cada pequeño detalle de la isla se siente vivo. Hay momentos en los que veía a Roz interactuar con los animales y casi podía escuchar mi propio corazón latiendo más rápido, porque la isla y sus habitantes se sienten tan reales que quieres meterte dentro de la pantalla y abrazarlos a todos. Roz es bellísima en su diseño: mecánica, fría al principio, pero con esa vulnerabilidad que la hace adorable y humana a su manera. Como una madre.
Y sí, hay momentos de humor. Cuando Roz intenta “actuar como un animal” y falla estrepitosamente, no pude evitar reírme, pero siempre es un humor ligero, sutil y lleno de ternura. No hay chistes absurdos ni situaciones ridículas, pero esos toques suaves hacen que la película tenga un ritmo perfecto: alterna ternura, tensión, risa y llanto sin sentirse forzada.
Y hablando de llanto… si la veis, preparad los pañuelos. Hay escenas que me hicieron llorar desconsoladamente: la manera en que Roz cuida a los animales, cómo aprende a construir su propia “familia”, y cómo entiende la soledad y la pérdida… uff, me partió el corazón. Y si la veis con vuestra madre, preparaos para un tsunami emocional. Os recomiendo mucho verla con ella; no solo porque la historia toca la relación maternal de manera preciosa, sino porque hay momentos que son directos al corazón, sobre todo si alguna vez han sentido miedo, soledad o amor profundo hacia alguien que no “esperaban” amar.
Un pequeño disclaimer: si tenéis “mommy issues”, sí… os va a dar justo en el corazón. No hay forma de esquivar eso. Roz y su manera de aprender a cuidar y a proteger tiene algo inherentemente maternal, y no es exageración decir que algunas escenas me hicieron cuestionarme cosas de mi propia infancia y relación con mi madre.
Desde un punto de vista más crítico, sí, la historia tiene clichés: la premisa del “ser extraño que aprende a integrarse con su entorno hostil” no es nueva. Pero aquí es cómo se ejecuta lo que importa: Roz no solo aprende a sobrevivir, sino que aprende a sentir, a conectar y a amar de una manera que parece natural y creíble. Y eso es algo que pocas películas animadas logran: hacerte llorar por un robot y por la vida misma.
Lo que más me gustó es cómo la película mezcla temas existenciales, filosóficos y emocionales con un relato accesible. Habla de la identidad, la soledad, la familia elegida, la resiliencia y la empatía. Y lo hace sin sermonear, sin exagerar. Es honesta, delicada y poderosa. La película es un recordatorio de que la vida se trata de adaptarse, de cuidar a los que nos rodean y de encontrar nuestro lugar, incluso si somos… un robot en una isla. Si tuviera que describirla con palabras simples, diría: es una mezcla de lágrimas, abrazos, risas suaves y reflexión profunda. No importa si eres una persona joven o adulta: la película te va a tocar el corazón, de manera directa e inevitable. Me hizo reír, me hizo llorar, me hizo sentir empatía por un robot… y me hizo querer abrazar a todo lo vivo en el mundo, incluidos los humanos y los animales de mi propia vida.

En resumen, The Wild Robot es una joya animada, un viaje emocional que no solo entretiene, sino que te deja sintiendo algo profundo. Si tenéis oportunidad, vedla con vuestra madre, con amigas, solas, acompañadas… pero preparaos para llorar, reír y salir con el corazón un poquito más grande.
Así que sí: ved esta película, pero con pañuelos a mano y abracen a Roz (o a vuestra madre) después. Porque esta historia no se olvida, y una vez que la sientes, se queda contigo para siempre.











