Dependiendo de a quien se le pregunte, el confort puede tener diferentes definiciones. Para algunos puede ser un tranquilo paseo a primera o última hora del día, cuando el ruido es menor y se tiene más claridad mental, a solas con los pensamientos en la naturaleza. Para otros puede ser el calor que suponen las cuatro paredes del hogar, dormir hasta tarde con el tenue ruido de la lluvia golpeando la ventana y sabiendo que al día siguiente se tiene todo el tiempo del mundo. Y para mí, una forma de extraño confort es adentrarme en el mundo tan particular de Kaurismäki.
La historia sigue a un hombre que llega en tren a Helsinki y es atacado y dado por muerto por una panda de matones de poca monta. Tras el ataque ha perdido buena parte de su memoria, incluyendo su nombre, por lo que deberá reconstruir su vida junto a un grupo de personas en los márgenes de la sociedad.
Con esta premisa uno podría pensar que la historia sería más apta para el género de suspense. Pero siendo Kaurismäki el artífice de la historia lo esperable sería estar ante un relato que mezcla el drama con la comedia, uno donde el drama está reservado para explorar los conflictos de la clase trabajadora y la comedia se da en forma one liners enunciados con tono de voz desprovisto de cualquier emoción. Sin embargo, para esta historia Kaurismäki estaba más inspirado respecto a sus temas habituales: no se conforma con mostrar a la realidad de la clase social de Finlandia, tantas veces ignorada en los grandes medios en favor del discurso nórdico idílico, sino que se adentra en los más bajos fondos de la sociedad, ya que el desconocido protagonista al haber perdido lo más básico se ve obligado por circunstancias del destino a convivir con ese segmento de la población.
Por supuesto en ningún momento el director busca romantizar esa situación, todo lo contrario. Le da un foco incómodo sobre el día a día de esas personas, similar a la realidad que se veía en Nomadland pero llevándolo al siguiente nivel con situaciones muy particulares: Tener que entrar a cafeterías en busca de un vaso de agua o de la caridad de las sobras, el tener que hacer chanchullos con gente corrupta para tener un techo sobre la cabeza, largas colas de gente en busca de un plato de comida casera caliente, que la gente debe sea autosuficiente para buscar los recursos más básicos como agua o electricidad o en el caso del protagonista, la imposibilidad de poder rellenar un formulario de desempleo o de tener una cuenta bancaria y por ende, de tener un salario digno; o el hecho de que meterse en cualquier problema legal desemboque en algo mayor.

Estas situaciones tragicómicas dan lugar a diferentes subtramas dentro de la propia cinta, algunas más episódicas y otras que sí enlazan mejor con el propósito principal de la historia. Con este abanico de subtramas Kaurismäki también logra un mayor rango de personajes secundarios que rodean al protagonista, que aportan esos toques de humor tan particulares, que añaden capas de gélida ironía o que reflejan perfectamente la rígida burocracia del sistema, más preocupado en seguir a rajatabla instrucciones que en proporcionar soluciones. Por supuesto, no se podría hablar del realizador finlandés sin hablar del papel de la música en la puesta en escena, donde no faltan gramolas, bandas hieráticas que poco a poco van abriendo su repertorio o emisoras de radio con canciones decadentes que acentúan la melancolía de los personajes.
En cuanto a las interpretaciones, destacar a Markku Peltola como el protagonista sin identidad, quien pese a todos los contratiempos logra mantenerse sereno y con una calidez que resulta ser un imán para los que lo rodean; Kati Outinen como Irma, quien su parquedad de palabras es su mejor virtud pues con sus grandes ojos consigue expresar todas sus emociones; y Sakari Kuosmanen como Anttila, quizás el personaje que mejor refleja ese humor tan seco.
Es posible que sea la mejor obra de Kaurismäki, su estilo está muy pulido, la mezcla de tonos está lograda de manera excelente y su tema principal si bien es el mismo, va un paso más allá para seguir haciendo un retrato social y profundamente humanista de su país. Pocos hay comprables a él.











