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Crítica de Arcadia (2005), de Constantin Costa-Gavras

En este mundo, el real, se dan a menudo situaciones dignas de un buen -o patético- guión de película dominguera. Luego, que la cosa quede más o menos decente, estará en manos del director (que se lo digan a David Fincher con Perdida). Noticias de esta semana como la del país de la libertad, igualdad y fraternidad cerrando una playa pública para disfrute de un rey saudí o la de la dimisión del director de Energía de la Junta de Andalucía por descubrirse que pirateaba la luz y el agua así lo evidencian, o la de aquel ‘ciudadano que no sabe de qué ni quién le acusa’, pero que bien que se enteró de todo lo que había que enterarse cuando estuvo en Bankia o el FMI, presuntamente.

Este mundo se va a la mierda, de arriba abajo. ¿Cuánta culpa tendrán los abogados?

Muchos críticos de cine cometen la injusticia de juzgar negativamente algunas sátiras por considerarlas demasiado exageradas, estrambóticas y por tanto poco certeras, sobre todo a la hora de dar cuenta de lo que acontece en el mundo actual. Luego viene la realidad y no queda otra que asumirla, claro, porque ya pocos se acuerdan del pasado o de las sátiras. Recuerdo, por ejemplo, una cinta que de sátira no tenía nada, de hecho, pero que fue bastante criticada en este sentido, en el de fliparse demasiado (en principio) y resultar poco veraz o factible. Me refiero a Estado de sitio (1998), una película que, sin ser muy buena, sin embargo se adelantó a los acontecimientos de septiembre de 2001, cuando unos terroristas derribaron las Torres Gemelas de Nueva York. Lo malo de aquel filme, Estado de sitio, es que al final se quedaba a medias en todo, por lo que su mensaje o propósito quedó olvidado en el momento de la verdad y nadie se la tomó en serio.

Crítica de Arcadia (2005), de Constantin Costa-Gavras

Arcadia, película de 2005 dirigida por Constantin Costa-Gavras, no va tan en serio, la verdad. Es un thriller satírico, solamente. Una crítica al sistema. A un sistema, empresarial y laboral, demente y sociópata, que se sostiene contratando, pero también despidiendo, en base a unos méritos que de nada sirven para valorar, sobre todo de antemano, las capacidades de una persona, en la mayoría de los casos, y para según qué puesto. Que se basa en la evolución de beneficios trimestrales, semestrales, anuales… para justificar las contrataciones y las destituciones, las reestructuraciones. Que asegura que de él depende el buen funcionamiento y la economía de un país. Un sistema que se basa en hacer publicidad blanca para aparentar, fingir que están de parte del trabajador, que se dedican a hacer el bien y a traer la paz al mundo, a pesar de los EREs y otros eufemismos del marketing.

Hipotéticamente, claro, no vayan a acusarme –supuestamente- de criticar al presunto menos malo de los sistemas. Obvio que los hay peores, así que no necesitamos mejorar el que tenemos.

Este mensaje va dirigido a los estudiantes y trabajadores de Recursos Humanos: Dejad de hacer preguntas que son respondidas ya en Internet, que son respondidas en asignaturas, cursos especializados o masters; dejad de preguntar qué animal nos gustaría ser, que ya se sabe que es el pato; dejad de preguntar qué nos gusta hacer, porque nos gustaría hacer el trabajo al que aspiramos, básicamente; dejad de guiaros por nuestra expresión corporal, porque podemos estar nerviosos o sabernos vuestras reglas y significados; y sobre todo, dejad vuestro trabajo e id en busca de otro, para que otro trabajador de Recursos Humanos os entreviste, y así ver si el mundo colapsa, debido al alto conocimiento sobre preguntas, respuestas y ademanes que ambos demostraréis. Una lucha épica, la de los capitales humanos.

Crítica de Arcadia (2005), de Constantin Costa-Gavras 2

Volvamos a Arcadia. Nuestro protagonista, Bruno Davert, es un ejecutivo de alto nivel que se ha quedado sin empleo (r e e s t r u c t u r a c i ó n, sí). En un principio, manda varios currículums creyendo que no le irá mal, pero se equivoca. Aun así, estamos frente a un tipo listo e inteligente, un tipo que aspira a un puesto que se adecúe a su nivel y a su experiencia laboral, no a algo inferior, sino mejor; prosperar, que es para lo que estamos aquí, en la vida, o eso dicen. Es en ese momento cuando se le ocurre crear una oferta de trabajo y en ella buscar empleados del mismo nivel que él o superior, para así acabar con ellos. Acabar con ellos literalmente. Y pensar que el trabajo es salud…

En Francia se sucedieron unos hechos que se pueden ver en otras dos películas –El empleo del tiempo (2001) y El adversario (2002)- y que en un principio no tienen nada que ver con Arcadia, en principio. La primera cambiaba la parte final de la historia y se la cargaba en cuanto a los hechos reales se refiere, la segunda dejaba la historia tal cual, más o menos. Aunque cada una a su modo, ambas hablaban sobre Jean-Claude Romand, un hombre que asesinó a su mujer, padres, hijos y perro en 1993, tras 18 años mintiéndoles sobre su vida laboral, sobre un trabajo que en realidad no tenía. No tenía ninguno. En Arcadia no asistimos a algo real, aunque, visto lo visto, sí posible: Los cimientos, la idea de soporte vital, familiar, sobre el que todos pivotamos. La casa que tenemos, queremos y pagamos, el coche y su correspondiente seguro, el estilo de vida a mantener, los hijos a los que se pretende dar una vida mejor, la pareja, las apariencias, las preguntas que te hacen, las respuestas que has de dar.

Crítica de Arcadia (2005), de Constantin Costa-Gavras 1

Resulta interesante preguntarse de qué está formada o en qué consiste la condición humana. Ese señor creyó que su familia no sería capaz de aceptar la verdad y terminó con sus vidas. Qué considerado. En cualquier caso, también es una muestra de hasta qué punto creemos que somos importantes para los demás, para mal, o de lo poco importantes que son los demás para uno. Una mochila, nada más, un peso del que liberarse o desprenderse antes de ahogarnos por su propio peso. Un hombre así, que estafaba a sus conocidos para ganar dinero, que engañaba a su familia, que se mentía hasta a sí mismo, al final admitió su propia mentira y no aceptó la realidad, al igual que sus vecinos. Si el trabajo dignifica, el despido nos rebaja y nos humilla. El paro, al menos, mejora esta experiencia, hace del ser algo más tolerable, sobre todo gracias a las televisiones de plasma y eso.

En cualquier caso, tanto lo que ocurre en Arcadia como lo sucedido en El adversario jamás podría pasar en nuestra sociedad, la española; somos más humildes. Nunca he visto a nadie competir con otro por un puesto de trabajo, ni siquiera por un asiento en el autobús, nunca, ni que eso se fomente diariamente, ni que nadie quede afectado por un despido, o por no poder pagar las deudas que le han concedido. Eso pasa en sociedades enfermas, eso pasará en Francia o en Japón, a lo mejor, donde se pasan la vida entre máquinas sin mirarse a la cara, emitiendo anuncios incomprensibles en los que aparecen unicornios y en donde se conocen casos de presidentes de empresa que falsean sus cuentas durante más de 7 años. Eso aquí no pasa, somos más bizarros. A la gente aquí le encanta colaborar entre ella, apoyarse y fomentar el amor propio antes que el pisoteo despótico de un jefe que no tiene ni idea de lo que haces, pero que, como está al cargo, te puede mangonear y exigir.

Mensaje dirigido a los estudiantes en general: Cuenta la leyenda que si un compañero estudiantil se toca los huevos a dos manos, se copia de la gente en los exámenes, pide todos los apuntes, evita asistir a clase y acaba sacándose la carrera, terminará siendo vuestro jefe en el futuro, ya que es el que está mejor preparado para aprovecharse del trabajo ajeno en beneficio propio.

Crítica de Arcadia (2005), de Constantin Costa-Gavras 3

Nos han aleccionado tanto y tan bien sobre el trabajo y el dinero, pero tan poco y tan mal sobre el esfuerzo y los principios, que ahora todos somos unos pusilánimes, o, al contrario, unos arrogantes. Pocos quedan íntegros, se confunde con la lógica, y los que quedan a saber dónde trabajan. La sátira, por eso, no es ninguna broma, porque resulta un claro reflejo de la realidad, en principio deforme. Como cuando Murnau tuvo que quemar todas las copias existentes de Nosferatu tras perder el Juicio contra los herederos de Bram Stoker; ahora, si esto ocurriera, le habrían hecho pagar millones a los ínclitos afectados por violar sus derechos de autor (de otro). Y es que luego dirán que el dinero no da la felicidad, pero la gente ya da gracias al fomento del emprendimiento en forma de autónomos con cuotas mensuales de 265 euros, al fomento del empleo precario, temporal y mal pagado, al abaratamiento del despido… Gracias a todo ello, pues ahora nadie va a tener que matar a nadie para salvar la vida, para salvar su estilo de vida.

Por último, este mensaje va dirigido a Adam Smith: Porque se hace mucha broma con lo de la persona que inventó el teléfono, que con quién hablaría al principio para probarlo, pero… ¿Y qué pasa con lo del trabajo? Pongámonos por un momento en la situación del primer trabajador asalariado de la Historia. Se supone que uno cobra a mes vencido, al final del mes trabajado, o al principio del siguiente. Si esto es así, o mejor dicho, fue así, significa que esa persona estuvo un mes entero, el primero, sin tener dinero, en un sistema que ya funcionaría con él. Ese hombre tendría que endeudarse el primer mes para poder sobrevivir hasta que cobrara en el siguiente, y así sucesivamente.

Crítica de Arcadia (2005), de Constantin Costa-Gavras

Una buena farsa.

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