En una época actual en la que una de las principales bazas de los estudios cinematográficos para llevar gente a las salas es el arte del “remake”, es curioso viajar al pasado y observar otro tiempo donde no era tan común recurrir a esta tendencia para atraer nuevos públicos. Los “remakes” son en esencia, una re-imaginación o readaptación de una historia ya contada. Hay quien pueda pensar que existen una serie de criterios para elegir que filmes merecen una segunda producción y por ende, otra oportunidad de ser presentados a nuevas audiencias, pero realmente, más allá de un interés particular de un director/a o un estudio por reciclar una misma idea que ha funcionado en el pasado, la principal excusa suele recaer en un interés monetario.
No obstante, a nosotros, los cinéfilos, se nos otorga la posibilidad de poder deleitarnos en comparar las distintas versiones cinematográficas que existen de una misma historia. Analizar su contexto histórico, la calidad técnico audiovisual, y por supuesto, el valor cinematográfico que hayan podido representar para la historia el cine. Es por todo ello, que queda inaugurada una nueva “sección” en Filmfilicos: Original vs Remake. En esta primera entrega: La última casa a la izquierda. Un clásico del terror setentero y moderno. Aviso de spoilers.
Una adolescente, Mari Collingwood, es raptada junto con su amiga Paige por una serie de psicópatas asesinos liderados por Krug, un perturbado violento que recientemente ha salido de prisión.
En primera instancia, es necesario resaltar que La última casa a la izquierda (1972), estuvo dirigida por uno de los maestros del terror audiovisual como lo es Wes Craven, director de obras maestras como Scream o Pesadilla en Elm Street. De hecho, se trataba de su ópera prima, lo cual resulta peculiar ya que el filme se distancia mucho de la calidad cinematográfica que posteriormente demostraría en sus siguientes obras. Definir esta película en una sola palabra es complejo, por lo que me limitaré a citar una de las críticas que salió en el momento de su estreno:
Abandoné la sala después de 50 minutos (a falta de 35 para terminar) (..) Esto es para aquellos que estén interesados en gente repulsiva y en agonía humana.”
Howard Thompson: The New York Times

Como se puede apreciar, La última casa a la izquierda no es una película para todos los públicos, incluidos para aquellos que gusten de ver filmes de género. Wes Craven escribió una historia terrorífica y sin ningún tipo de clave esperanzadora con la que el espectador pudiese agarrarse. En ese sentido, es necesario recordar que el producto audiovisual fue estrenado en el año 1972, una década muy marcada por el fin de conflictos bélicos de gran importancia para el ciudadano americano como lo es la guerra de Vietnam. El terror había cambiado. Los códigos cinematográficos eran mucho más más sucios y salvajes que los de la década anterior. Parecería que su función buscaba representar el mal mediante la crudeza y violencia de la forma más realista posible, en consecuencia de las barbaridades vistas en la guerra. El cine de terror, buscaba despertar al espectador y que fuese consciente del verdadero horror que se acontecía en un terreno más mundano.
El monstruo era el propio humano, un ser que ejercía una violencia extrema sin ningún tipo de código moral y ético que lo detuviese. Wes lo sabía, y escribió una historia en la que sus personajes no necesitaban una excusa para cometer dichos actos violentos. De hecho, el guion no tiene prácticamente un desarrollo de personajes. Se limita a mostrar una cadena de acontecimientos seguido de las consecuencias de estos, pero sin ningún tipo de respiro al espectador. El filme es tan arriesgado en ese sentido, que elimina a sus dos protagonistas antes de que termine el segundo acto. Dejando a los propios padres de Marie, la tarea de vengarla y asesinar a Krug y a su pandilla, ya que el papel del cuerpo policial en la historia se podría reducir a un cúmulo de secuencias cómicas más propias del slapstick.

En cuanto a los aspectos más técnicos, la factura cinematográfica se asemeja en varias ocasiones a una película documental, utilizando la cámara en mano en algunas de las secuencias más salvajes. Ese efecto de “shake”, te hace sentir en primera persona las vivencias macabras de los asesinos, e incluso hacerte participe sin poder hacer nada por las pobres adolescentes. Además, algunas de las secuencias con los psicópatas son tan mundanas, que parecen sacas de una película de la Nouvelle Vague.
Otro aspecto para resaltar que otorga a la película un aire de “pasotismo” por los hechos que están ocurriendo, es la banda sonora. A diferencia del remake de 2009, (que después comentaremos) las piezas musicales son en esencia de carácter cómico y tranquilo. Las matanzas no traen consigo una atmósfera dramática o espeluznante. Simplemente suceden como si de un acto cotidiano en nuestras vidas se tratase.

En conclusión, esta serie de contradicciones técnicas y narrativas en la versión de 1972, provocan en el espectador que el visionado del filme sea incómodo y repulsivo, pero no en un tono espectacular o visceral. Su atmósfera es tan fría y “normal”, que interrumpe nuestra visión de lo que supuestamente sería una historia de venganza en el medio audiovisual convencional, haciéndola mucho más sádica y real.
Por otra parte, encontramos el remake estrenado en el año 2009: La última casa a la izquierda (2009), dirigida por Dennis Iliadis, cineasta griego que, en ese momento, ya contaba con dos producciones audiovisuales en su filmografía. Situando el contexto cinematográfico de esa época, encontramos un cambio radical en las formas cinematográficas que regían el cine de género. La falta de espectacularidad que Wes Craven no otorgó a su creación, Denis la utiliza como principal base sobre la que mover la película. En ese sentido, podríamos decir que la propuesta del director griego es más “videoclipera”. Los tonos saturados que tinten cada frame y los fuertes contrastes a poca luz, le proporcionan al filme una atmósfera mucho más “artificial” (que no por ello peor) y cruda. En ese sentido, se asemeja de gran manera al Nuevo Extremismo Francés, ola de cine de terror caracterizada por su alto nivel escatológico, y argumentos extremadamente salvajes y sorprendentes.

Centrándonos en los aspectos más técnicos, lo primero que notamos es una intención simbólica en los planos por parte de su director. No es que Wes no la tuviese, sino que Dennis emplea otro tipo de recursos narrativos como la yuxtaposición de ideas o el fuera de campo en escenas no relacionadas con los momentos más terroríficos de la historia, lo cual otorga su propia visión autoral y la distancia de la versión de Wes. Si la elección musical de Craven destacaba por ser de carácter anticlimático, la banda sonora empleada en el remake de 2008 transmite todo lo contrario. Las piezas musicales presentan unas sintonías épicas y dignas de un thriller de acción frenético. Los mejores momentos del filme, vienen acompañados de una música extradiegética que provoca que la propia película se tome más enserio a si misma.
En cuanto al libreto, encontramos una de las diferencias más claras y perturbadoras entre las dos adaptaciones y que bien podría reflejar el contexto histórico en el que se situaba la obra. Mientras que, en la versión de 1972 el personaje de Mari Collingwood, interpretado por Sandra Peabody, era asesinada a mitad del filme, en la versión de 2009, el mismo personaje, esta vez interpretado por Sara Paxton, también sufría el intento de asesinato. No obstante, sus padres consiguen salvarla en los últimos momentos del filme, dejando un final mucho más esperanzador y positivo dentro de toda la barbarie acontecida en la película.

Por todo lo mencionado anteriormente, podríamos puntuar que el cine de terror en los años 70 presentaba una tendencia a mostrar la crudeza del ser humano, un tipo de horror que, en cierta manera, representaba la espontaneidad del asesino a la hora de cometer sus actos terroríficos. Ese aire de improvisación parece que se ha ido perdiendo con los años, derivando en un horror más planeado y al mismo tiempo más sofisticado. Esta dicotomía la podemos observar en ambas versiones de La última casa a la izquierda.
Espero que este pequeño análisis sirva para animar a aquellos cinéfil@s que busquen adentrarse en el cine de horror de la mano de obras legendarias como esta. No todos los remakes son innecesarios y más cuando nos ayudan a ver la evolución de su género a lo largo de estos años.
Que descanse en paz nuestro maestro Wes Craven.











