Hay personajes que forman parte de nuestra infancia aunque nunca supimos muy bien de dónde venían. Doraemon, el gato cósmico, es uno de ellos. No importa si lo viste al volver del colegio, un sábado por la mañana o en reposiciones infinitas: ese gato azul sin orejas, con un bolsillo imposible y un sentido del humor tan simple como eficaz, acabó convirtiéndose en un miembro más de la familia.
Y aunque hoy Doraemon siga existiendo en nuevas versiones, películas en 3D y reboots varios, aquí vamos a centrarnos en la serie original, la creada por el mítico F. Fujio Fujiko, que arrancó en 1979 y se emitió durante más de dos décadas, hasta 2005, acumulando nada menos que 1.787 episodios. Casi nada.
Sinopsis de Doraemon
Nobita Nobi es un desastre. Suspende, es torpe, llorón, algo vago y siempre acaba metido en líos. Sus padres ya no saben qué hacer con él y su futuro, según parece, no pinta demasiado bien. Tan mal pinta que, desde el siglo XXII, su descendiente decide enviarle ayuda: Doraemon, un robot con forma de gato que viaja en el tiempo para mejorar la vida de Nobita… o al menos intentarlo.
Doraemon llega con una misión clara: ayudar a Nobita a tomar mejores decisiones usando los inventos futuristas que guarda en su famoso bolsillo mágico. El problema es que Nobita suele usar esos artilugios para lo de siempre: ligar con Shizuka, presumir, vengarse de Gigante o Suneo… y que todo acabe explotándole en la cara. Literalmente, a veces.
Una serie infantil… con mucha más miga de lo que parece
En apariencia, Doraemon el gatos cósmico es un anime infantil puro: episodios cortos, historias autoconclusivas, humor sencillo y personajes muy reconocibles. Pero ahí está su truco. Porque bajo esa capa de comedia blanca hay una serie que habla, sin que apenas te des cuenta, de responsabilidad, amistad, esfuerzo y consecuencias.
Cada invento futurista es una tentación. Cada episodio es, en el fondo, una pequeña fábula: si usas atajos, algo saldrá mal. Si no te esfuerzas, no hay gadget que te salve. Y si abusas de la tecnología… bueno, acabarás perseguido por clones, intercambiado de cuerpo o flotando por el barrio sin saber cómo bajar.
Doraemon nunca impone, nunca castiga. Acompaña. Es paciente, protector y, a veces, hasta un poco cansado. Como ese adulto que sabe que el niño tiene que equivocarse para aprender. Y ahí está una de las claves de por qué la serie ha envejecido tan bien.

Nobita, Gigante, Suneo y Shizuka: personajes eternos
El universo de Doraemon funciona porque sus personajes son arquetipos muy claros, pero también muy humanos.
Nobita es frustrante, sí, pero también es vulnerable. Y eso hace que conectes con él, aunque no quieras.
Gigante representa la fuerza bruta y el abuso, pero también tiene momentos de ternura inesperada.
Suneo es el postureo hecho niño, el típico que presume de lo que no es suyo.
Shizuka, quizá el personaje más idealizado, funciona como el ancla emocional y moral del grupo.
Y luego está Doraemon, claro. El verdadero pegamento de todo. No solo es un robot del futuro: es amigo, tutor, conciencia y, muchas veces, último recurso cuando todo se va al garete.
Una serie interminable… y ese famoso “final”
Hablar de Doraemon es hablar de una serie que parecía no tener fin. Durante años, la sensación era que Doraemon siempre iba a estar ahí, repitiendo la misma estructura, pero funcionando igual de bien. Sin embargo, con el paso del tiempo empezó a circular una historia que se volvió casi tan famosa como la serie en sí: el supuesto final en el que todo era un sueño de Nobita.
La teoría decía, a grandes rasgos, que Doraemon nunca existió realmente, y que todo era producto de la imaginación de Nobita, un niño con problemas que fantaseaba para escapar de su realidad. Un cierre triste, oscuro y bastante traumático… algo así como Los Serrano, pero con robots y gadgets futuristas.
¿Es oficial? No.
¿Existe como episodio canónico de la serie? Tampoco.
¿Ha circulado durante años como leyenda urbana del anime? Absolutamente.
Y quizá eso sea parte de la magia: Doraemon es tan grande que incluso su falso final se volvió mítico. Porque hay series que necesitan cerrar… y otras que viven mejor flotando en la memoria colectiva, sin un punto final claro.

Nostalgia, Reyes Magos y tardes eternas
Pensar en Doraemon es pensar en regalos, en televisión encendida, en tardes sin prisas y en una época en la que los problemas se arreglaban con una puerta mágica o una linterna que cambiaba personalidades. Es una serie ideal para niños, sí, pero también para padres que quieren compartir algo de su infancia sin miedo a que envejezca mal.
Porque Doraemon el gato cósmico no va de efectos especiales ni de grandes giros de guion. Va de algo mucho más simple y duradero: imaginar que alguien te cuida, aunque no seas perfecto.
Opinión sobre Doraemon
Doraemon es uno de esos animes que no necesitan reinventarse para seguir funcionando. Su sencillez es su mayor virtud y su longevidad, una prueba de que cuando una idea es buena, puede durar décadas sin agotarse. Puede que hoy haya opciones más modernas o más espectaculares, pero pocas transmiten esa sensación de hogar que ofrece este gato cósmico.
No es solo una serie infantil: es un recuerdo compartido. Y eso no se fabrica ni con tecnología del futuro.












