Brasil lleva unos años muy presente en el radar de la Academia. Cada temporada aparece un nuevo título con aspiraciones internacionales, y El agente secreto (O Agente Secreto), de Kleber Mendonça Filho, confirma esa buena racha. La película no solo ha pasado por festivales con fuerza (ganó el premio FIPRESCI y mejor dirección en Cannes), también compite fuerte en los Oscar con cuatro nominaciones: mejor película, mejor actor principal, mejor película internacional y mejor dirección de casting.
Sobre el papel suena a apuesta grande. En la práctica, la cosa se complica.
De qué trata El agente secreto
La historia nos sitúa en 1977, en plena dictadura militar brasileña. Marcelo, un profesor que arrastra un pasado turbulento, regresa a Recife con la esperanza de empezar de cero y reencontrarse con su hijo. Sin embargo, pronto descubre que la ciudad dista mucho de ser el refugio que imaginaba. Las fuerzas gubernamentales lo vigilan, las amenazas de muerte aumentan y el ambiente político asfixia cualquier intento de normalidad.
Es un punto de partida potente, con ingredientes clásicos del thriller político y del drama sobre memoria histórica, pero la ejecución termina siendo más pesada de lo esperado.

Reseña de la película
Uno de los principales problemas de El agente secreto es su duración de 2 horas y 40 minutos, que se siente excesiva. Incluso su división por partes no ayuda a aligerar el ritmo. La narración se vuelve densa, plomiza, como si cada escena cargara más de la cuenta.
El contexto de dictadura, persecución y trauma colectivo recuerda a otras películas recientes de la región, como Aún estoy aquí, pero sin encontrar una forma especialmente atractiva de contarlo. Cuando el cine aborda la memoria histórica necesita equilibrio: tensión, emoción y también cierto pulso narrativo. Aquí, en cambio, cuesta conectar.
Ni siquiera las escenas de violencia o acción logran reactivar el interés, y los momentos más cercanos a la fantasía resultan desconcertantes. Tampoco Wagner Moura, pese a su peso en el reparto, termina de aportar el carisma esperado; su interpretación se percibe plana, sin demasiados matices. Aunque quizás solo lo veo yo así, porque opta a mejor actor en los Oscar…
Curiosamente, el propio Mendonça Filho ha firmado trabajos más sólidos y estimulantes como Doña Clara o Bacurau, donde sí había riesgo y personalidad.
Puede que tenga opciones en la categoría internacional, pero dentro de esta carrera por el Oscar hay propuestas más redondas y memorables, como La voz de Hind o Un simple accidente.












