Hay películas que no pretenden cambiar el mundo. Que no aspiran al Oscar ni a que ningún crítico con pajarita las incluya en su lista de las mejores del año. Películas que simplemente se sientan contigo en el sofá, te ponen una cerveza en la mano y te dicen: «relájate, que nos lo vamos a pasar bien.» El último Boy Scout es exactamente eso, y no me parece poco.
Dirigida por Tony Scott (el hombre detrás de Top Gun y Días de trueno) y con guion de Shane Black, el mismo que escribió Arma letal. Esta película de 1991 es una buddy movie de manual que, sin embargo, tiene más miga de la que aparenta.
Joe Hallenbeck, Jimmy Dix y el arte de caer con estilo
Joe Hallenbeck fue uno de los agentes más importantes del servicio secreto estadounidense durante el mandato de Jimmy Carter, pero su carrera acabó el día que le plantó cara a un senador corrupto que estaba maltratando a una chica. Ahora es detective privado, vive en un caos doméstico de manual y tiene el cinismo suficiente como para llenar varios depósitos. A su lado, Jimmy Dix, estrella del fútbol americano caída en desgracia, que se ve arrastrado al caso cuando asesinan a su novia. Dos perdedores con clase, vamos.
La química entre Bruce Willis y Damon Wayans funciona bien dentro de los clichés del género, con frases divertidas y momentos inesperados que alivian la tensión de una trama que mezcla corrupción política, chantaje y apuestas ilegales. Y como detalle curioso para los que siguen la trayectoria de ciertas actrices: una jovencísima Halle Berry aparece aquí en una de sus primeras incursiones en la gran pantalla.

Bruce Willis y el oficio de ser siempre el mismo
Aquí es donde quiero pararme un momento, porque creo que con Bruce Willis ocurre algo que no se valora suficientemente. Sí, Joe Hallenbeck es en esencia el mismo personaje que John McClane, que el detective de El Chacal, que casi cualquier papel que Willis haya interpretado en su carrera: el tipo duro, cansado, venido a menos, que resulta ser el mejor en lo suyo aunque nadie (incluido él mismo) lo recuerde demasiado. Se le ha criticado por eso, por no salir de su zona de confort, por ser siempre «el mismo Willis».
Pero yo le doy la vuelta al argumento: construir un arquetipo propio, reconocible, que el público identifica y abraza, no es pereza creativa. Es una seña de identidad. Es legado. Hay algo enormemente honesto en un actor que sabe exactamente lo que es y lo ejecuta con una precisión quirúrgica película tras película. Willis no te engaña. No llega disfrazado de actor de método ni con cara de querer un BAFTA. Llega, pone esa media sonrisa torcida, suelta el mejor one-liner de la escena y te deja pensando que, en el fondo, ese tío podría sacarte de cualquier aprieto.
En El último Boy Scout, Willis consigue los mejores diálogos de toda su carrera, y eso que la competencia interna no es poca. Hay una naturalidad en su forma de habitar a Hallenbeck que hace que te olvides de que estás viendo una película de acción de principios de los noventa. Lo cual, dado el contexto, es un mérito considerable.
En conclusión
El último Boy Scout no es una obra maestra. Tampoco lo pretende. Es acción trepidante con guion ingenioso, actuación creíble y dosis de humor negro, todo ello envuelto en esa estética ochentera tardía que tanto se echa de menos. Si buscas profundidad existencial, mira otra cosa. Si buscas pasar unos 100 minutos bien entretenido con Willis en modo Willis, aquí tienes tu película.
Y si aún dudas, te diré que el guion de Shane Black fue el más caro de la historia del cine en su momento. Algo habría en él para justificarlo.











