Pocas veces una adaptación literaria genera tanta curiosidad como El extranjero, la nueva película de François Ozon basada en la conocida novela de Albert Camus. Tras su paso por premios (incluidos varios César en 2026), la cinta llega envuelta en cierto prestigio.
Argelia, años 30. La historia sigue a Meursault, un francés que vive completamente desconectado de lo que le rodea. Su mirada apática ante la vida, casi indiferente a todo, lo convierte en un extraño incluso dentro de su propio entorno. Esa idea, que ya estaba en la novela, aquí se mantiene como eje central.
Ozon construye una obra casi pictórica, con una estética muy cuidada que destaca especialmente gracias a la fotografía en blanco y negro de Manuel Dacosse, sencillamente magistral. Cada plano parece medido, como si quisiera transmitir más a través de la imagen que de las palabras.
Y ahí es donde puede empezar a dividir al espectador. La película es austera, con muy poco diálogo, apoyándose casi por completo en la mirada y la presencia de su protagonista. El resultado recuerda por momentos a una cinta casi silente, donde todo se intuye más que se explica.
Esa fidelidad al espíritu de la obra original (muy ligada a la filosofía del absurdo y al existencialismo) es, al mismo tiempo, su mayor virtud y su principal barrera. Resulta difícil conectar emocionalmente con una historia en la que el propio protagonista parece incapaz de sentir. Esa distancia no es un error, sino una decisión narrativa, pero puede dejar frío a más de uno.
Benjamin Voisin, en el papel principal, cumple con creces. Su interpretación transmite esa apatía constante, esa sensación de vacío y desconexión que define al personaje. No es un papel lucido en el sentido clásico, pero sí muy coherente con lo que la película propone.
Ozon, que ya ha demostrado su versatilidad pasando del drama al psicoanálisis como en El amante doble o la religión en otras obras como Gracias a Dios, sigue aquí consolidando su carrera con una propuesta arriesgada y muy personal. Eso sí, no es una película para todos los públicos. Requiere paciencia, predisposición y cierta afinidad con el estilo del director.
En definitiva, El extranjero es una experiencia más sensorial que emocional, más contemplativa que narrativa. Una de esas películas que se admiran más de lo que se disfrutan.











