Hay ocasiones en las que una vez la película ha terminado, la sensación de que la historia se ha cerrado de forma satisfactoria es innegable. Hay otros casos en los que su cierre no se puede siquiera catalogar de cierre, pues queda la puerta muy abierta a seguir expandiendo el mundo que se ha creado. En el caso de Noche de bodas, su cierre era caía más dentro de la primera categoría: Una escena final impactante, muy divertida y en consonancia con el personaje protagonista. La idea se seguir con una historia aparentemente bien cerrada me generaba dudas y curiosidad a partes iguales, pero las noticias sobre la secuela apuntaban en la buena dirección, por lo que ahora que ya ha llegado debía saciar mi curiosidad.
Tras sobrevivir a la noche de juegos de la familia Le Domas, Grace es trasladada al hospital como principal sospechosa. En el hospital recibirá la visita de su hermana Faith, con la que tiene una relación muy distante. Pero muy pronto Grace entenderá que, al sobrevivir a la noche, ha desencadenado otro juego donde nuevamente deberá luchar por seguir con vida, esta vez contra cuatro de las familias más poderosas del mundo y con el objetivo final de reclamar el trono en el Alto Consejo.
La decisión de empezar la cinta nada más terminar la anterior le da una sensación de urgencia desde el minuto uno. Muchos filmes dentro de la categoría slasher a la hora de abordar las secuelas optan por hacer una elipsis pronunciada entre la primera y la segunda película, quizás enfatizando más en el trauma de la superviviente. Y aunque Noche de bodas no es del todo un slasher con un solo asesino, su esqueleto narrativo se asemeja bastante al de este subgénero. Tal vez su inicio podría remitir a Halloween II por la decisión de ser una continuación directa, de que a la superviviente no le haya dado tiempo a asumir todo lo que le ha sucedido para tener que volver a pelear por su vida y que la amenaza la persiga hasta el hospital, por lo que la tensión se eleva de manera considerable y forja a la perfección el carácter de Grace ante este desafío.
Sin embargo, lo que viene a continuación es menos positivo. Si bien la presentación de las familias de la élite que van a formar parte del nuevo juego es divertida hasta el punto de ser paródica, el vinculo se siente mucho más impostado que con la familia Le Domas de la primera película. En la primera entrega cada uno entraba dentro de un determinado prototipo de persona rica malcriada e inútil. Para esta ocasión se siente que hay demasiados personajes secundarios y que no todos aportan a la trama más allá de un par de gags. Las reglas del nuevo juego presentadas por El Abogado quedan claras, pero la tensión está mucho más diluida. Y esto también se traduce en un problema con el que va a batallar la cinta durante casi todo su metraje, el problema de ritmo. La historia no fluye adecuadamente, pues no sabe medir los gags, las escenas dramáticas o las de violencia desenfrenada, por lo que el resultado final se siente muy descoyuntado.

Hay también una paradoja muy palpable que es el mal de muchas secuelas. La ambición por ampliar el mundo y doblando la apuesta en cuanto a una amenaza más grande y más violencia no tiene porque traducirse en una mejor película. Y es curioso que la propia cinta parte de la premisa para expandir la idea original con unos antagonistas más allá de la familia inicial, con muchos medios a su disposición y una presencia omnipotente para luego hacer un calco casi exacto del primer filme. El mismo juego, las mismas reglas, casi los mismos escenarios, mismas armas, mismas muertes o casi la misma conclusión. La escala es más grande y en gran parte del nudo se opta más por un escenario al aire libre, pero al igual que sucedía con Abigail, con esta secuela viene a confirmarse que Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, también conocidos como Radio Silence, no salen de una estructura determinada de película. No de estilo, sino de hacer la misma película varias veces, por lo que la sensación de sorpresa se ha perdido.
Lo que sí es una garantía con nombre propio es Samara Weaving como Grace. Para esta ocasión ya no es la final girl primeriza pero hábil que tiene que sobrevivir a la noche. Es la final girl que creía que ya estaba a salvo, que está exhausta y harta de tener que volver al mismo juego pero que ya sabe como crear sus propias reglas a los márgenes para ganar y no tiene ningún miedo de usar todas las armas que encuentra, de dejar salir su bestia interior en forma de gritos primigenios de rabia y agotamiento. Es, en definitiva, la final girl perfecta y Samara Weaving demuestra que pocas hay como ella dispuestas a darse un baño de sangre literal y metafórico para encarnar al arquetipo.
Como añadidos al reparto, no se puede pasar por alto a Kathryn Newton como Faith, la hermana de Grace. Su vinculo como hermanas que han pasado mucho tiempo sin contacto al principio no termina de estar del todo dibujado y su relación al principio no termina de ser del todo creíble. Ahora, una vez que están dentro del juego y hacia la mitad de la cinta después de pasar por situaciones tan peliagudas ese vinculo se torna mucho más serio y se hace inquebrantable hasta el final. En cuanto a los secundarios, destacan Shawn Hatosy como Titus en el rol de un antagonista cruel, violento e impredecible, y Elijah Wood como El Abogado, la figura que es una fuente de conocimiento sobre las reglas y procedimientos, y se encarga de llevarlos a cabo con la frialdad absoluta de una figura entre las sombras.
En definitiva, es una secuela que busca ser más grandilocuente pero que termina repitiendo todo el esquema de la película anterior, perdiendo el factor sorpresa que hizo a la primera tan especial y que si se tiene en cuenta el tiempo que ha pasado entre ambas películas, el resultado final sabe a poco.











