A pesar de llevar una interesante carrera, la dupla de Mona Fastvold y Brady Corbet saltó con fuerza al ojo del gran publico el pasado año con The Brutalist y su posterior recepción en la temporada de premios, donde logró hacerse con tres estatuillas incluido mejor actor. Y si bien durante aquella temporada gran parte del mérito recayó sobre Brady Corbet por ser el director, no es menos desdeñable la labor de Fastvold como coguionista. Para esta ocasión, los roles de la dupla se han invertido (algo que viene siendo lo habitual si se echa un vistazo a su filmografía) para dar lugar a una historia cuanto menos peculiar.
La historia sigue la vida de Ann Lee, la fundadora de un culto apodado Shakers, un culto que demostraba su devoción mediante el canto y el baile durante el siglo XVIII y su afán por construir una comuna en Estados Unidos en torno a sus ideales dogmáticos.
Bajo esta premisa, la película sabe empezar por todo lo alto con los bailes de los miembros del culto y sus cantos. Un buen aperitivo de lo que se va a ver a continuación. La narración de manera muy acertada busca explorar a Ann Lee desde sus orígenes, casi como si fuera una figura bíblica a la altura de Jesucristo. También se establecen de forma temprana traumas o vivencias de la propia Ann que posteriormente van a cimentar su fe, por lo que toda la construcción del personaje protagonista y su mundo interior se construye orgánicamente. Y todo ello a la vez que hace una radiografía sobre el clima social tan convulso del Reino Unido de aquellos tiempos para luego derivar en un estudio sobre la situación aun más tensa en Estados Unidos con el proceso de independencia y la paranoia de la población por la brujería cuando se asienta una doctrina diferente a la estándar.
En gran parte sus formas podrían estar firmadas por Yorgos Lanthimos: La segmentación con afán artístico de los diferentes capítulos de la vida de Ann, el uso violento del sexo, personajes dentro de su entorno con un comportamiento poco habitual, unas secuencias de baile que dejan al espectador ojiplático de fascinación y la sensación de que el personaje de Ann podría haberlo interpretado Emma Stone en otra línea temporal. Y aunque la música y el baile sea una parte fundamental de la historia por la idiosincrasia del propio culto de los Shakers, por lo que la etiqueta de musical para el filme no es del todo incorrecta, no es un musical en el sentido habitual. Las canciones son más unos cantos religiosos, unos himnos que entonar en comunión como oración y el baile también es una forma de plagaría y en ocasiones hasta de castigo, algo en consonancia con las doctrinas de las religiones judeocristianas. Aun con esta distinción, hay secuencias más cercanas al musical clásico, donde la coreografía se adueña del marco, el montaje aporta el dinamismo necesario y los cantos tienen mucha más melodía o incluso una estructura de estrofa estribillo estrofa, más propia de la canción tradicional.

Pero más allá de la vistosa puesta en escena, quizá lo más llamativo de todo dentro de la doctrina de los Shakers son los valores de respeto hacia el ser humano. Esta es una teórica base sobre la que debería sustentarse cualquier religión o creencia religiosa, donde si cualquiera está convencido por voluntad propia y genuina de que los valores de dicha religión se alinean con sus valores personales, o si tal vez ese dogma puede ofrecer una plenitud espiritual que no se consigue de otro modo, puede pasar a formar parte de la comunidad y predicar esos valores. Sin embargo, la realidad es bastante más complicada, pues cualquier grupo religioso suele ser muy cerrado con sus valores y tiende a mirar por encima del hombro a todos aquellos que no comparten esos valores. Los Shakers siguen sin ser unos seres de luz, tienen requisitos que si no se cumplen no se puede entrar, sin medias tintas. Pero al menos en la historia que se cuenta demuestra un principio de que las intenciones de Ann por crear su movimiento eran buenas y estaban hechas desde el corazón, por mucho que luego el devenir no salga tan bien.
Ante una propuesta tan arriesgada, el trabajo de Amanda Seyfried como Ann Lee es encomiable. No tiene ningún miedo al ridículo y se tira de cabeza a la piscina desde el punto más emocional, lo da todo y más en las escenas donde se requiere que cante o que baile, resulta más que convincente como la predicadora de un culto hablando desde las entrañas y en todo momento es una persona que solo busca lo mejor para su gente. Destacar también a Christopher Abbott como Abraham, el marido de Ann y contrapunto prefecto a ella, una persona egoísta que solo busca su propio beneficio y satisfacer sus necesidades como si fueran las únicas.
En líneas generales, se trata de una experiencia religiosa desconcertante a primeras, pero una vez se abraza lo poco ortodoxo de la propuesta y se leen los pretextos, todo fluye con mucha más naturalidad dentro de la particularidad.











