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Quo Vadis Aida?

A la hora de abordar los conflictos bélicos en el cine, sin lugar a duda el conflicto que se repite con más frecuencia y del que seguramente cada uno pueda enumerar varias películas es la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, a lo largo de todo el siglo XX ha habido otros conflictos que resultan igual de potentes y que o bien se han tratado un poco menos o bien no han tenido tanta repercusión cinematográficamente hablando. Y ese es el caso que nos ocupa hoy con Quo Vadis, Aida? donde nos adentramos en el episodio más sangriento de la Guerra de los Balcanes a través de una cinta que le ha valido a Bosnia y Herzegovina la nominación en la categoría de mejor película internacional.

Situada en julio de 1995 en Bosnia, la historia sigue a Aida, una mujer que trabaja como traductora para la ONU en Srebrenica. Pero con el acercamiento del ejército serbio a la ciudad, su familia se ve obligada a huir, al igual que otras miles de personas que buscarán refugio en los campos de la ONU. Aida entonces deberá elegir entre ceñirse a su trabajo de las negociaciones con el ejército o ayudar a su familia a escapar y sobrevivir.

El principal acierto de la película es situar la acción tan próxima a la matanza de Srebrenica. De este modo, la tensión es palpable casi en la totalidad del metraje. No solo argumentalmente consigue mantener al público con el corazón en un puño o el vello erizado, sino que a nivel estético uno se adentra en la incertidumbre que puede sentir Aida en medio de la vasta multitud pidiendo refugio gracias al trabajo de cámara en mano que parece fusionarse con su personaje o la angustia que pueden sentir los habitantes de la ciudad con los grandes planos generales que se dan cuando tienen que huir de ella debido a los bombardeos o a la llegada del ejército enemigo.

A esa angustia y a esa incertidumbre también habría que sumar las escenas de los interrogatorios, donde la tensión se puede cortar con un cuchillo y que podrían asemejarse a las de Malditos bastardos, solo que desprovistas de cualquier ingenio y con mucha más crudeza; y el uso que hace la directora y guionista Jasmila Zbanic con el fuera de campo, de forma que plasma los horrores de la guerra pero sin usar el impacto por el mero hecho de usarlo, dejando que las imágenes más escalofriantes se las recreen los espectadores en su cabeza y confirmando que en ocasiones lo que no se llega a ver del todo es peor que la imagen más explícita.

Quo Vadis AidaPero la que es la mayor ventaja del filme es también un arma de doble filo. Si uno no tiene ninguna idea de cómo se desarrolló la Guerra de los Balcanes, aquí no encontrará ningún tipo de contexto que le ayude a entender la situación. Ni el porqué del origen de la sangrienta disputa, ni lo que pretendía conseguir el ejército serbio liderado por el general Mladic, ni el porqué de la presencia de los cascos azules neerlandeses, por poner unos ejemplos. Se podría alegar que al ser un retrato tan personal que ha querido plasmar la directora prefiere centrarse solo en la tragedia del personaje de Aida, o que incluso al tratarse de un conflicto relativamente reciente que puede perdurar en el imaginario colectivo no es del todo necesario un contexto tan marcado. Pero si uno es neófito en el asunto o por cualquier motivo no está tan puesto en este conflicto se puede sentir perdido, y es un problema que podría haberse solucionado con un par de rótulos nada más comenzar la película donde se diesen unas pocas explicaciones pertinentes.

Se controle o no sobre el asunto, resulta unánime que el conflicto al que se ve sometida Aida es muy potente y funciona de forma muy efectiva, pues el hecho de que tenga que elegir entre su trabajo y su familia permite que el guion explore todos los grises morales que se dan en una situación tan asfixiante de vida o muerte, creando una escalada que solo va a más y que la pone contra la espada y la pared en una situación que, como ella misma recalca, su gente queda indefensa ante el peligro. Todo este viaje no sería posible sin Jasna Djuricic, quien hace un formidable ejercicio de contención hasta que la desesperación brota por sus poros, exteriorizando todo su dolor hasta que es palpable.

Puede ser también discutible su epílogo. En lo personal, si la cinta hubiese acabado en el clímax habría terminado por todo lo alto cortando el aliento y dejando al espectador con una sensación muy sobrecogedora donde no habría hecho falta ni una palabra. Aunque es entendible que Zbanic opte por ese epílogo que se siente como un cierre, ya no solo a la historia, sino a sus propias heridas con la intención de que sanen y cicatricen de una vez por todas.

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