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Reseña de la serie española Un cuento perfecto

¿Conoces el término comfort TV? Son aquellas series a las que vuelves cuando necesitas escapar del mundo y hacer reset a tu mente. No sabía que existía hasta que un día lo descubrí leyendo sobre Paquita Salas, la serie que todo el mundo debería ver en momentos de angustia vital.

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El caso es que últimamente me cuesta encontrar series de este tipo que me permitan desconectar por completo y tengo que elegir las opciones más tontas del catálogo de cualquiera de las plataformas digitales que pago para poder decir “nunca hay nada interesante”

Pérdida en esa búsqueda incansable de la serie de confort definitiva, llegué a una recomendación de Netflix con la que mis amigas estaban “living” y que me daba muchísima pereza: Un cuento perfecto. La descripción no era demasiado motivadora: Margot y David vienen de mundos diferentes. Ella es la heredera de un imperio hotelero. Él tiene tres trabajos para llegar a fin de mes. Pero cuando sus caminos se juntan, descubren que sólo ellos pueden ayudarse a recuperar el amor de sus vidas.

Otra historia de amor típica llena de tópicos PEREZA MÁXIMAAAA pues…sí, pero no. A Margot, Margarita para su madre, una pija estirada interpretada por Ana Belén, le da vida Anna Castillo. Una actriz con una personalidad única que transmite en su sonrisa, miradas, en la forma de hablar…En el papel de una niña rica que solo quiere que la escuchen y valoren por lo que hace y no por su apellido. En el otro lado, David, interpretado por un Álvaro Mel que se encarga de romper todos los estereotipos del típico tío de comedia romántica. David es sensible, cariñoso, buena persona y muy amigo de sus amigos. Y, también, y sobre todo, es pobre.

Viendo esta serie recordé otra de antaño que siempre pienso que sólo nos gustaba a mi hermano y a mi: Paco y Veva, era una fantasía en la que Hugo Silva conquistaba a una niña pija y nos mostraba las luchas de clases en una comedia musical que no tenía ningún sentido y que recuerdo con mucho cariño. Un cuento perfecto me recuerda un poco a esa tele de antaño. A las series que solo buscaban hacernos felices y ayudarnos a escapar de la cruel realidad al menos un ratito.

Margot huye de su boda con el hombre perfecto porque siente que se ahoga y no entiende qué le pasa. A David lo acaba de dejar su novia que está buenísima, pero siempre lo hace sentir que no vale nada. Sus caminos se unen por casualidad y deciden ayudarse mutuamente a recuperar a sus verdaderos amores. Mientras se van dando cuenta de todo lo que fallaba en sus relaciones y lo importante que es tener a alguien al lado que te valore y te quiera tal y como eres. Viajan juntos a Grecia y la serie nos permite soñar con un verano infinito en el que todo es posible. Entre atardeceres increíbles y paseos románticos se va creando un vínculo entre ellos que ninguno esperaba (los espectadores sí) y que les ayuda a sanar sus heridas.

Debo admitir que la primera vez que la vi me pareció bastante aburrida, con un argumento predecible y actuaciones planas. Tenía fiebre y buscaba una serie tonta para escapar de la tragedia y no me ayudó demasiado. Unos días después no sabía que ver y decidí darle otra oportunidad. Ahí entendí lo que me molestaba…

Un cuento perfecto va justamente de lo contrario que cuentan las novelas románticas. A pesar de que sus personajes se enamoran, ríen y viven como si no hubiera un mañana la serie muestra una reflexión final que rompe con todos los mitos. El amor no es una serie de Netflix, las conexiones suceden, pero después hay que trabajar las relaciones, luchar por lo que quieres.

Porque si dejas escapar las oportunidades esperando que llegue un momento mejor, un instante perfecto, esa idea que te hará rico…si dejas que se vaya el amor de tu vida, lo único que pasará será el tiempo.

Y, el tiempo, destruye los cuentos perfectos.

*Te gustará si buscas una serie para desconectar y no pensar demasiado o para añorar los días de sol y felicidad.

La nota de filmfilicos
Autor/a
(AKA )
Autobiografía: Zulay Montero estudió Periodismo por culpa de su libro favorito de pequeña: Sheila la Magnifica, en el que una niña creativa (y un poquito mentirosa) montaba un periódico durante un campamento de verano. Con el tiempo, la realidad de los medios de comunicación fue rompiendo sus sueños hasta hacerla caer en el lado oscuro de la publicidad. Ahora está de vuelta, retomando su pasión y dejando salir su auténtica voz: irónica, cruel y satírica, esa que se escondía tras la máscara de pretendida cordura que construyó para encajar. También es fan de cantar mal por la calle, estudiar filosofía para que su vida sea aún más absurda y trabajar en marketing mientras monta una ONG de comunicación solidaria. Pura contradicción e hipocresía. Frase: "Tonterías. Solo lo dices porque nadie lo ha hecho nunca" - La princesa prometida
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