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Belfast

Con películas recientes como Roma o Minari, a uno le da la sensación de que hay una tendencia entre directores tanto veteranos como noveles de hacer un pequeño ejercicio de introspección para narrar un momento clave de su vida pero de una forma que ofrecen un pedazo de su alma, por lo que es fácil conectar con el público. Y lo cierto es que de cara a premios como los Oscars los votantes deben pensar lo mismo, pues este tipo de propuestas suelen funcionar muy bien. Y aunque todavía queda un poco para saber el destino de cara a los premios de la película de hoy, bien podría unirse a ese grupo. Se trata de Belfast.

Situada en la Irlanda del Norte de 1969, la historia sigue a Buddy, un niño de un barrio de clase obrera mientras él y su familia tienen que lidiar con los conflictos de la época: La guerra civil entre protestantes y católicos, la escalada de violencia en las calles y la complicada situación familiar que viven derivada del trabajo de su padre. Pero incluso en la época más tumultuosa, Buddy encuentra consuelo en sus padres, sus abuelos y en el cine.

Aunque la historia se centre en Buddy y tenga mucho de historia autobiográfica, es toda una declaración de intenciones la presentación de la ciudad de Belfast que hace Kenneth Branagh, donde se detiene en los edificios más emblemáticos del presente en color para posteriormente, dar paso al pasado, a una época menos agraciada, dejando claro que para que la ciudad sea lo que es hoy en día ha tenido que sufrir penurias, y que sin esa historia tal vez no sería lo que es en la actualidad, algo que por otra parte se puede aplicar casi a cualquier ciudad, solo que en este caso en particular queda claro desde el primer minuto donde está situada la historia. Y el viaje al pasado en blanco y negro además de aportar ese matiz más sombrío y nostálgico, hace que el espectador se meta inmediatamente en conflicto sin que resulte desgarrador. Pues Branagh presenta lo que es un barrio obrero común en la Irlanda del Norte de finales de los años 60, donde los niños juegan en la calle, todos en el barrio se conocen entre sí, salen a charlar en la puerta de casa y en teoría no hay diferencias palpables entre los vecinos, al menos hasta que estalla toda esa violencia en las calles en particular y en el país en general.

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Sin embargo, entre tanta violencia callejera, ese conflicto no deja de ser el telón de fondo para poner el foco en la familia de Buddy y sacar de ahí los retazos de humanidad que tan bien casan con este tipo de películas. Que en medio de toda esa guerra que convierte a amigos en enemigos y viceversa y donde la violencia por desgracia se acaba normalizando, todavía queda un reducto mínimo para sacar a relucir la humanidad. Como los abuelos tratan los dilemas de los más pequeños de la casa con absoluta naturalidad queriendo lo mejor para ellos, como los padres están divididos entre sus deseos y lo que cada uno considera que es mejor para la familia y como la vida trata de seguir su curso natural pese a todo, donde los niños siguen yendo a la escuela y hacen las típicas travesuras de niños en medio de todo el caos.

Conseguir este equilibrio entre lo trágico pero esperanzador no es fácil. Sin embargo, al tocar tantos temas con cierto respeto y mucha honestidad, el resultado viene solo. Y Branagh sabe plasmar con la cámara las emociones necesarias en cada momento de la historia, poniendo la técnica al servicio de la narración sin que quede en un mero lucimiento personal y estético. El punto de vista predominante es el de Buddy, y es por ello que las escenas de revueltas en la calle se sienten más caóticas, tal y como las podría ver un niño que no termina de entender todo lo que está sucediendo a su alrededor pero de modo que se ve con claridad la acción; que en las discusiones de los padres se opte por una técnica de cámara en mano, como si le diese miedo acercarse para entender todo el origen de la discusión y respetando cierta distancia de modo que no se llega a tener el contexto completo o las escenas más familiares en forma de plano secuencia muy abierto, donde los personajes respiran en un entorno natural mientras hacen sus tareas cotidianas. Son detalles formales que elevan el guion y dejan entrever que ninguna decisión está tomada al azar.

 

Y si de entre todo ese enfrentamiento todavía hay espacio para la evasión, no podía ser otra que a través del cine, donde nuevamente Branagh vuelve a mostrar mucha inteligencia a la hora de retratar el sentimiento y la emoción que se genera viendo una película en el cine, siendo la única ocasión sin contar la presentación de la ciudad donde el color se abre paso en la pantalla y que al final es algo universal: que poco importa de donde venga uno o sus circunstancias, que el sumergirse en historias ajenas, ya sea a través del cine o a través de la televisión como demostró Wandavision (donde también jugueteaban con el blanco y negro y el color), uno tiene una vía de escape durante un determinado período de tiempo y es en esos pequeños instantes donde se encuentra el confort en las cosas más sencillas pero de un valor incalculable.

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Si bien es cierto que el gran protagonista es Jude Hill como Buddy, todo el reparto está a la altura de sus personajes y cada uno tiene su momento de brillar de manera individual. Ciaran Hinds y Judi Dench como los abuelos son el máximo exponente de esa humanidad y cercanía en la que se refuerza la cinta, Jamie Dorman como el padre de familia que en más de una ocasión se ve contra la espada y la pared pero aun así pone a su familia por delante, y por supuesto, una maravillosa Caitriona Balfe como la matriarca de la familia, quien al final es el pegamento que los mantiene a todos unidos y cuyo conflicto es el más interesante de todos.

Se podría argumentar que tal vez en algún momento se pase de edulcorada y que durante cierto segmento del segundo acto corre el peligro de estancarse, pero al final no deja de ser una historia personal contada a través de los ojos de un niño con un balance muy bien resuelto. Y que siendo una historia tan personal tiene muchos elementos que trascienden sus fronteras y donde un mensaje esperanzador nunca está de más.

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