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Black Phone | Crítica de la película

Si bien Blumhouse con el paso de los años es sinónimo de que sus películas son un acierto rotundo o unos proyectos que pasan sin pena ni gloria hasta acabar cayendo en el saco de la mediocridad por decirlo finamente, de vez en cuando saben captar la atención del público con proyectos interesantes, ya sean ideas originales, adaptaciones o tomando prestadas películas clásicas en forma de remakes, secuelas o reformulaciones. Me alegra poder comunicar que el caso de hoy es un acierto, y más por las expectativas que tenía con él.

Basada en el relato homónimo de Joe Hill, la historia se sitúa en una pequeña localidad de Colorado a finales de los 70. Allí un extraño enmascarado secuestra a Finney, un inteligente chico de 13 años, y lo encierra en un sótano insonorizado donde apenas hay elementos que puedan ayudar a Finney a salir del cuarto. Ningún elemento salvo un teléfono aparentemente estropeado pero a través del que Finney puede oír las voces de los anteriores niños secuestrados, quienes están dispuestos a ayudar a Finney a escapar.

Una de las características que más me llamaban la atención a la hora de enfrentarme a la película era saber hasta qué punto podían tomar un relato corto y adaptarlo al formato de largometraje. Y una vez vista puedo afirmar que el resultado está a la altura del material original, donde no solo toma los elementos principales que daban forma al relato literario, sino que aspectos que tal vez sobre el papel eran menos explorados o se dejaban más a la intuición del lector en favor de una historia que iba directamente a la yugular en la cinta se van retroalimentando, de forma que todos contribuyen a crear un cuadro mucho más amplio y compacto. Y es que por mucho que Joe Hill trate de despegarse del nombre de su padre Stephen King, la huella que este último deja sobre esta historia en particular es bastante notable, tanto que por momentos puede remitir a It.

Pero si la huella de King sobre su hijo es patente también sucede lo mismo con la impronta de Scott Derrickson, quien a lo largo del metraje emplea algunos de los recursos que tan bien le funcionaron en Sinister. Es cierto que el detonante tarda en darse, pero todo el metraje anterior sale reforzado a la hora de plasmar la realidad de Finney y de generar la empatía necesaria con el público: ese suburbio de Colorado donde poco hay que hacer más allá del beisbol como actividad colectiva, donde el bullying con su máxima gravedad acaba siendo normalizado entre los más jóvenes, la estrecha relación que mantiene Finney con su hermana Gwen, lo que se cuece en el nicho familiar de puertas para dentro, es decir, abusos por parte de una figura paterna y por supuesto, una serie de misteriosas desapariciones de niños a lo largo de todo el suburbio. Y resulta muy notable la capacidad que tiene Derrickson para aportar la información necesaria con un par de escenas o recursos narrativos de modo que con muy poco consigue dejarlo todo claro, siendo la secuencia de créditos un buen ejemplo de como avanzar con la narrativa gracias a una ayuda visual sencilla sin volver a incidir en ello.

Black Phone

Y otra de las ventajas que da el hecho de que el detonante se dilate lo justo es que el terror que se sugiere en increíblemente efectivo. El monstruo de la historia tarda en mostrar la cara por completo, pero cuando lo hace deja imágenes para el recuerdo, ya sea por el diseño de la máscara, por el tono de voz de Ethan Hawke, la teatralidad de cada una de sus apariciones o por el carácter imprevisible que puede tener el secuestrador, haciendo que en ocasiones la incertidumbre sea la mejor o peor de las armas, según se quiera mirar. Sí, es cierto que el grueso del terror que construye se sostiene sobre jumpscares, pero son unos jumpscares bien construidos, que en la mayoría de los casos pillan con la guardia baja al espectador y que dado el contexto del encierro en una habitación oscura, son de agradecer para sacar de la monotonía que podría haber supuesto la ausencia de ellos.

En cuanto a los actores, hay que volver a mencionar a Ethan Hawke, pues su segunda colaboración con Scott Derrickson no podría haber salido más redonda, regalando un personaje excéntrico que infunde temor en cada escena que sale, a Mason Thames como Finney, quien no se achanta en ningún momento y la fortaleza que va encontrando en su personaje no deja de ir a más hasta el final de la película y a Madeleine McGraw como Gwen, la hermana de Finney que además de ser un ancla emocional indispensable también es protagonista de algunos de las escenas más divertidas de la cinta, que a priori podrían no casar del todo bien y que sin embargo, resultan refrescantes entre tanta oscuridad.

En resumen, desde el punto de vista de la adaptación la película expande con éxito una idea que está en el relato original, y como película independiente funciona a las mil maravillas gracias al trabajo previo de construir un vínculo emocional con Finney que lo lleva hasta las últimas consecuencias en un viaje angustioso y finalmente satisfactorio.

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