Si hay que hablar del concepto de blockbuster hay un nombre que está ligado de forma indiscutible a la palabra, y no es otro que Steven Spielberg. No en vano, el acuñado Rey Midas de Hollywood con su primer gran clásico Tiburón para bien y para mal definió lo que sería un blockbuster, una gran producción en la que los estudios invierten grandes sumas de dinero con la esperanza de que un público mayoritario, generalmente en temporada estival, responda a la llamada y los beneficios sean incalculables. La filmografía de Spielberg se puede dividir en dos vertientes: la comercial que busca el entretenimiento para toda la familia y el drama histórico de prestigio que busca ser reconocido en ceremonias de premios. Hay ocasiones en las que ambas vertientes pueden solaparse, ya que no está reñido que una super producción histórica resulte ser un bombazo de taquilla o que un proyecto familiar de teórica evasión termine arrasando en premios. Sin embargo, para hoy he preferido centrarme en una de sus obras más primigenias y que a mi modo de entender lo que es un blockbuster encaja mejor con la definición.
Una noche cerca de su casa en Indiana, Roy Neary es testigo de unos misteriosos objetos voladores que sobrevuelan la zona. Desde esa noche vive obsesionado con descubrir más, pero no estará solo en su cometido ya que Jillian, una madre cerca del área, también ha sido testigo del acontecimiento y busca más respuestas. Y a la par de estos sucesos, un grupo de científicos trata de investigar a lo largo del mundo extraños fenómenos que podrían estar relacionados.
No debería sorprender a nadie que Spielberg entre una de sus muchas virtudes sabe cómo empezar sus películas. Con esto me refiero a que sabe crear el incidente perfecto para llamar la atención del espectador y captarlo casi desde el minuto uno, planteando más preguntas que respuestas pero donde el realizador hace gala de sus habilidades narrativas y del control sobre todo el empaque. La cinta maneja muy bien en sus tres actos la mezcla entre aventura y suspense, por lo que sobre la pantalla la sensación de algo lúdico y sencillo aunque con claras ambiciones y una atmósfera de peligro hacia lo desconocido, acentuado por la magnífica banda sonora de John Williams. Y aunque se note de manera muy clara el contexto temporal, las inquietudes de su realizador fruto de la época de la histeria por los OVNIs, la huella que deja el filme para historias que han llegado después es evidente, desde los trabajos posteriores del propio Spielberg como E.T., películas como Señales o La llegada, o incluso series de televisión reconocidísimas como Expendiente X o Stranger Things.
Tal vez con los ojos de hoy que tenemos un bagaje mucho más amplio de ciencia ficción resulte ameno, pero el empeño que le pone la película en hacer más un radiografía de la sociedad o de los grandes miedos de esta, en centrarse más en el viaje de los personajes y el camino para desentrañar el misterio por encima de la resolución resulta muy estimulante. Uno tiene los diferentes puntos de vista de los personajes, ya sean los científicos o los civiles y cada uno tiene una experiencia distinta en cuanto al fenómeno con una única característica en común, el despliegue de esas vivencias como un espectáculo en sí mismo. Ya sea la trama de Jillian con su hijo, la trama de Roy por querer saber más hasta el punto de obsesionarse y dejar de lado a su familia o los científicos tratando de mantener la distancia sobre un evento que es más grande que ellos, todas las historias llevan al mismo punto de miedo y fascinación por una pregunta universal: ¿Estamos solos en el universo? Y de no ser así, ¿la otra vida que hay más allá del planeta Tierra es benigna o maligna?

La mejor definición que se le puede dar a la película es la de ser una chispa, una que parece inofensiva a primeras pero que logra mantenerse incandescente durante sus 130 minutos, haciéndose más grande hasta que es capaz de provocar un incendio. Por supuesto, para que el calor se mantenga hay muchas personas que han contribuido a este cometido. La fotografía de Vilmos Zsigmond logra convertir escenas y paisajes ordinarios en eventos extraordinarios aprovechando por completo la escala, el montaje de Michael Kahn logra mantener al público pegado a la pantalla y entrelazar todas las tramas como si pareciese un trabajo fácil, o el legendario Douglas Trumbull supervisando y creando los pioneros efectos especiales prácticos que siguen siendo impresionantes en la actualidad. Todo nombres comprometidos con el proyecto, con la ambición que requiere la historia y que toda la técnica esté al servicio de la historia.
Y con tantas caras que danzan por el filme, por redondear el puzle lo habitual seria que las actuaciones estuvieran en consonancia. Aunque en este apartado debo admitir que el más destacado es sin duda Richard Dreyfuss como Roy, quien termina siendo el corazón de la película, el avatar que encapsula toda esa filosofía curiosa y aventurera de la época sin tener en cuenta las consecuencias con tal de dar un desenlace emotivo.
Por supuesto que se siguen haciendo blockbusters de calidad a día de hoy. Hay toda una maquinaria detrás de ellos y el público sigue asistiendo a las salas a ver la última superproducción. Pero no sé si será por la nostalgia que con la distancia hace que todo se vea mejor, si a los blockbusters de hoy en día les falta un ápice más de personalidad y ambición contenida, si Spielberg tiene un talento descomunal para contar historias o una mezcla de todo lo anterior, que lo cierto es que viendo esta cinta se echan en falta más proyectos que maravillen al mismo nivel.











