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Good Omens. Segunda temporada

Con todos los eventos que acaparan los titulares en la actualidad, cualquiera diría que no ha pasado una eternidad desde el año 2019. Para una servidora, ese fue el año en el Amazon Prime dio varios golpes sobre la mesa regalándome algunas de mis series favoritas. Entre ellas, como no, estaba Good Omens basada en la novela homónima de Terry Pratchett y Neil Gaiman, que si bien se prestaba a ser una miniserie cerrada, siempre cabía la posibilidad de algún tipo de regreso. El dicho reza que todo lo bueno se hace esperar, y en este caso esos cuatro años de espera han merecido la pena.

Azirafel y Crowley continúan viviendo sus vidas como ángel y demonio en la tierra respectivamente y con toda la normalidad posible. Pero esa tranquilidad dura poco, pues el arcángel Gabriel aparece desnudo y amnésico en la librería de Azirafel pidiendo ayuda. Esto les pondrá en el ojo de mira tanto del Cielo como del Infierno, pues ambos bandos quieren usar a Gabriel para sus propios intereses.

Si la primera temporada cubría con maestría todo lo que se encontraba en la novela, uno de los retos para la segunda temporada era comprobar qué caminos podía seguir la historia con un material inédito y original. Pero estando Neil Gaiman detrás de los guiones junto con John Finnemore y la vuelta de Douglas McKinnon en la dirección era una buena señal de que el equipo creativo detrás de la serie está de vuelta en plena forma. Sobra decir que la mezcla entre humor disparatado y punzante propia de Pratchett y Gaiman sigue intacta y sino mejor, pues aunque la comedia está presente en todo momento siendo un personaje más, eso no impide que en esta temporada la prosa esté más pulida para fomentar entre todo ese disparate muy bien controlado toda una sarta de reflexiones sobre el bien y el mal que atañan a los personajes protagonistas, cuestionando sus condiciones como seres mágicos y dejando claro que raramente los asuntos morales son blancos y negros, ni siquiera para los ángeles y demonios.

Para este nuevo arco narrativo condensado en la segunda temporada, claramente está el detonante de la misteriosa aparición de Gabriel en la Tierra. Sin embargo, los motivos de dicha aparición no son más que un mero macguffin, al igual que las divertidas y enternecedoras tramas secundarias, pues queda claro desde el primer minuto que los absolutos ejes narrativos son Crowley y Azirafel. La temporada se toma su tiempo en desentrañar a base de hilarantes flashbacks como se ha ido gestando su relación a través de los siglos, dándoles más aristas a esta maravillosa dupla y recontextualizando sus comportamientos en el presente con todo lo que tienen entre manos, que poco no es. Algunos podrían decir que al no enfrentarse directamente al apocalipsis como pasaba con la tanda de episodios anteriores supone menor ambición narrativa o que la trama principal esté más dispersa, pero al final el corazón de la serie siempre ha sido ellos dos y esta temporada no hace más que reforzar esa idea, mientras que las subtramas son valiosas herramientas para seguir reforzando sus actitudes. ¿Hay ocasiones a lo largo de los capítulos que se agradecería tener una trama algo más encaminada hacia un propósito claro? Por supuesto. ¿Eso no impide que el conjunto montado sea 100% disfrutable, garantiza carcajadas y es pura dicha tener todo este universo de vuelta? Desde luego.

Good Omens. Segunda temporada

Si a lo largo del cuerpo de este texto le he dado tanto importancia a Azirafel y Crowley es porque conviene detenerse y comentar que todos los halagos hacia Michael Sheen y David Tennant son pocos. El primero por tener un don para la comedia casi innato con su personaje angelical, con una pureza casi infantil que parece sacada de otro mundo. Y el segundo por llevar su sarcasmo a niveles estratosféricos y sin ninguna clase de arrepentimiento por sus acciones, convirtiéndolo en un personaje innegablemente memorable. Ambos son memorables a su manera formando una de esas parejas tan opuestas que es inevitable que no lleguen a atraerse. Y es de agradecer que con esos capítulos ambos hayan tenido más margen para mostrarse vulnerables, engrandeciendo ya de por sí un sobresaliente trabajo de interpretación. Hay que destacar también lo divertido que está Jon Hamm como el gran y desmemoriado arcángel o la sutil pero encomiable tarea de Maggie Service y Nina Sosanya como la pareja de dependientas que más de un quebradero le cabeza le dan a la dupla del ángel y el demonio.

Pero si la primera temporada podía servir perfectamente como punto y final a una historia sobresaliente, está segunda temporada exige una continuación en forma de tercera temporada, pues todo lo que ocurre en los quince últimos minutos es la promesa de algo grande (como no podía ser de otra forma) y por el punto en el que deja a los personajes, pues se merecen un cierre a la altura y no dejar al espectador pendiendo de un fino hilo y aferrándose a una esperanza cuasi imposible. No es que lo merezcan los espectadores, es que primero lo merece su pareja protagonista. No importa si tienen que tomarse su tiempo en hacer una continuación a la altura, mientras llegue y desenreden el entuerto en el que se han metido todos respiraremos más tranquilos y seremos más felices.

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