Juego sucio (título original Play Dirty) parte de una premisa que, sobre el papel, debería funcionar sin demasiados problemas. Parker es un ladrón profesional, metódico y con un código ético muy definido. No roba por impulso ni por capricho: planifica, ejecuta y desaparece. Junto a Grofield, Zen y un equipo especializado, se ve envuelto en un golpe que acaba complicándose cuando entran en juego intereses mucho más grandes, hasta el punto de enfrentarse directamente con la mafia de Nueva York.
Amazon apuesta aquí por una película de atracos de corte clásico, intentando recuperar ese tono canalla y ligero que tan bien funcionó en el cine de los 90 y principios de los 2000. Hay algo en Juego sucio que remite, al menos en intención, al típico cine de Shane Black: diálogos rápidos, humor seco, personajes que se creen más listos de lo que son. El problema es que todo se queda en la superficie.
Un género agotado y sin riesgo
En los últimos años, el cine de atracos parece haberse convertido en un género automático. Fórmulas repetidas, giros previsibles y guiones que avanzan como si alguien hubiese marcado las casillas básicas del manual. Juego sucio no escapa a esa sensación de producto prefabricado, donde todo resulta familiar, cómodo y, sobre todo, predecible.
La película arranca con una primera secuencia que ya marca el tono errático del conjunto. El intento de mezclar comedia y acción no termina de cuajar, y el humor, lejos de aportar ligereza, resta tensión a un relato que debería jugar más con el suspense y la astucia. El resultado es una cinta que parece no tomarse en serio ni a sí misma.

Dirección, ritmo y reparto desaprovechado en Juego sucio
La dirección no ayuda a levantar el conjunto. Hay una sensación constante de desgana, de falta de pulso narrativo y de decisiones poco inspiradas, algo que ya se ha visto en otros trabajos similares dentro del cine comercial reciente. El metraje se alarga más de lo necesario y la resolución de los conflictos llega tarde y mal, sin impacto ni sorpresa.
Ni siquiera el reparto consigue salvar la función. Mark Wahlberg, habitual en este tipo de producciones, no logra sostener la película, y eso que suele moverse con soltura en este terreno. Lakeith Stanfield y Rosa Salazar están especialmente desaprovechados, sin personajes con verdadero peso o recorrido dramático.
Juego sucio es otro ejemplo de cómo las plataformas empiezan a parecerse peligrosamente entre sí. Producciones correctas en lo técnico, vacías en lo creativo y olvidables a los pocos días. Preocupa que Amazon siga una estrategia tan similar a la de Netflix: cantidad antes que criterio.











