Hay películas que uno recuerda con cariño, otras con admiración… y luego están esas que te dejan un poco torcido al salir del cine. Balada triste de trompeta, de Álex de la Iglesia, pertenece claramente a este último grupo. Una de esas propuestas que arrancan con una fuerza brutal, casi hipnótica, y que poco a poco van perdiendo gasolina hasta dejarte con la sensación de “aquí había algo muy potente… pero se ha quedado a medias”.
Y ojo, que cuando Álex de la Iglesia se pone juguetón, suele salir algo interesante. Pero aquí, la cosa es más irregular que una montaña rusa diseñada por alguien con resaca.
Sinopsis de la película
Balada triste de trompeta nos sitúa en una España que arranca en plena Guerra Civil y nos lleva hasta los años del franquismo. En ese contexto seguimos a Javier, un payaso triste marcado por su pasado, que acaba trabajando en un circo donde conocerá a Sergio, el payaso “divertido”, y a Natalia, la trapecista que desencadena un triángulo amoroso bastante turbio.
A partir de ahí, lo que podría parecer un drama con tintes románticos se convierte en una especie de espiral de locura, violencia y surrealismo muy marca de la casa. Porque si algo tiene esta película es personalidad. Otra cosa es que esa personalidad juegue siempre a su favor.

Crítica de Balada triste de trompeta
Hay que reconocerle una cosa a Álex de la Iglesia: nunca hace películas aburridas. Balada triste de trompeta arranca con una secuencia inicial que es puro espectáculo, una mezcla de historia, violencia y esperpento que te agarra fuerte. De hecho, durante ese inicio parece que estamos ante algo grande.
El problema es que esa intensidad no se mantiene. La película va perdiendo fuelle poco a poco, como si no supiera muy bien hacia dónde quiere ir. El guion se vuelve errático, la narrativa se dispersa y lo que empieza siendo un relato potente acaba convirtiéndose en algo más caótico que provocador.
A nivel técnico, hay decisiones que chirrían. Para una producción con aspiraciones grandes (por lo de su alto presupuesto), algunos efectos visuales se sienten algo flojos, incluso deslucen momentos que deberían ser impactantes. Y eso pesa, porque la película apuesta mucho por lo visual.
Eso sí, el reparto cumple. Carlos Areces se deja la piel en un papel nada sencillo, y Antonio de la Torre aporta esa intensidad que siempre suma. Entre los dos sostienen gran parte del interés cuando la historia empieza a tambalearse.
Y luego está el sello del director: ese gusto por lo grotesco, por lo excesivo, por hacer que lo cutre (en el mejor de los sentidos) conviva con lo épico. Aquí vuelve a estar presente, pero quizá sin el control necesario para que todo encaje.
Lo curioso de Balada triste de trompeta es que, más allá de sus fallos, hay algo que la hace difícil de olvidar. Es como esos cuadros que no sabes si te gustan o no, pero no puedes dejar de mirar. Tiene ideas, tiene momentos, tiene intención… pero le falta cohesión. Y al final, uno se queda pensando en eso: en lo cerca que estuvo de ser algo realmente grande.











