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Reseña de la película Ramona

La angustia generacional trasciende cualquier época acompañando a todos aquellos que se sientan a ver una película para escapar del peso trascendente de la existencia. Las películas nos entretienen y acompañan mientras aprendemos a vivir. A veces educan, sorprenden o dan respuestas que hacen que determinada cinta se convierta en nuestra historia cinematográfica favorita. En otras ocasiones, el cine tan solo narra como pasa la vida. La angustia cotidiana, crecer, caer, enamorarse, fallar, tomar decisiones y arrepentirse. Ya no somos tan jóvenes como fuimos, “Nunca volveremos a estar aquí” (Troya)

Hace unos años se popularizó esta frase “Somos demasiado jóvenes para estar tan tristes” con la que Sara Herranz ilustró el sentimiento de una generación, de muchas generaciones. Series como Girls anticiparon el nihilismo y la rebeldía que hoy recogen producciones como Autodefensa. Decía Hannah, la protagonista de Girls, que quería ser la voz de su generación o al menos una voz, de alguna generación. Dejar huella en el mundo, sentir que hemos creado algo que perdurará a nuestro paso. Ese es el sentido del cine: la búsqueda de la inmortalidad que se persigue desde la aparición de la fotografía.

Tal vez por eso, por esa belleza que esconde la nostalgia, las películas en blanco en negro sigan conservando un encanto especial. El color transmite emociones, sentimientos y refleja de forma realista el mundo. La ausencia de color tiene que usar la creatividad para conseguirlo. Ramona juega con este efecto mientras dibuja la rutina de la protagonista. Su día a día, tan mundano, tantas veces reflejado en la pantalla, se vuelve mágico al quitarle el color. Y una conversación con un extraño supone el inicio de todo aquello que parecía imposible.

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Lourdes Hernández, cantante de Russian Red, protagoniza el debut de Andrea Bagny como directora.

Ella, que no sabe qué hacer con su vida. Que se aferra a un sueño que cada vez parece más lejano e imposible. Que ve como su rutina se tambalea y el miedo, tantas veces escondido, aflora trayendo recuerdos e inseguridades del pasado. Esa escalera que da miedo subir y la llamada que querría no haber recibido. Fragmentos de una vida rota que aún trata de recomponer con las pequeñas ilusiones de un paseo con un desconocido. Él, director enamoradizo con síndrome de Peter Pan, mil veces retratado en el cine, pero interpretado de forma magistral por Bruno Lastra que logra trascender los tópicos y deja aflorar las debilidades de su personaje que solo busca conectar en un mundo lleno de apariencias.

Ramona ha vuelto a Madrid para vivir con su novio Nico que es cocinero. Tienen un piso en Lavapiés y quiere cumplir su sueño, ser actriz. A través de su camino personal, que parece único, concentra todas las preguntas que surgen al hacerse mayor ¿es esto lo que quiero hacer con mi vida?

Frente al conformismo y la tranquilidad que aporta tener decidido el camino a seguir, Ramona se enfrenta a decisiones que cambiarán su vida para siempre y que no le garantizan un final feliz.

Dicen por ahí que es una película que va de nada. Y tal vez ahí radique su belleza. En ese volver al inicio, tratar de capturar ese instante decisivo en el que todo cambia pero nada termina.

Te gustará si disfrutas del cine, sin más, sin pretensiones. Y necesitas una película que te recuerde la belleza costumbrista que esconde el día a día.

La nota de filmfilicos
Autor/a
(AKA )
Autobiografía: Zulay Montero estudió Periodismo por culpa de su libro favorito de pequeña: Sheila la Magnifica, en el que una niña creativa (y un poquito mentirosa) montaba un periódico durante un campamento de verano. Con el tiempo, la realidad de los medios de comunicación fue rompiendo sus sueños hasta hacerla caer en el lado oscuro de la publicidad. Ahora está de vuelta, retomando su pasión y dejando salir su auténtica voz: irónica, cruel y satírica, esa que se escondía tras la máscara de pretendida cordura que construyó para encajar. También es fan de cantar mal por la calle, estudiar filosofía para que su vida sea aún más absurda y trabajar en marketing mientras monta una ONG de comunicación solidaria. Pura contradicción e hipocresía. Frase: "Tonterías. Solo lo dices porque nadie lo ha hecho nunca" - La princesa prometida

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