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Utoya. 22 de julio

Desde siempre he sido muy fan de la ficción, pero hay ocasiones en que el cine, mientras más se asemeje a la realidad, más llega a impresionarme. Aunque en términos generales debemos ser conscientes de que jamás podrá ser una copia fiel de la realidad ni tiene la verdad absoluta, no podemos evitar el escalofrío que provoca cuando una película de terror termina con un aplastador “basado en hechos reales”. La película de la que les voy a hablar en esta ocasión no es precisamente de terror, pero sí está basada en la realidad y da bastante miedo. Se trata de Utoya. 22 de julio (2018), del director Erik Poppe.

El filme relata los atentados ocurridos durante un campamento de verano en la isla de Utoya, Noruega, el 22 de julio del 2011. Después de que en la capital del país estallara una bomba dejando heridos y muertos tras de sí. La invasión al campamento la perpetraron atacantes de la extrema derecha que, disfrazados de policías, atacaron a balazos a los asistentes.  La historia se cuenta a través de Kaja (Andrea Berntzen), quien asiste al campamento y trata de salvar su vida mientras busca a su hermana, Emilie (Elli Rhiannon Müller Osbourne) quien se extravió durante el ataque.

Lo que más llamó mi atención es que es una película narrada desde un sólo plano secuencia desde el inicio hasta el final, lo que consigue volver al espectador parte de la historia. Los movimientos de la cámara vuelven al relato algo asfixiante y angustiante.

Campamento Utoya (2018), Filmfilicos blog de cine

El manejo casi anónimo de los atacantes en Utoya. 22 de julio roza el terror pues el riesgo latente proviene únicamente del sonido de las balas que se acercan o se alejan. Lo que, además, evita que se caiga en el sensacionalismo y no coloca a los atacantes en el papel de héroes o mártires que luchan por su propia causa, pues al no tener un nombre o un rostro la narración no les da un lugar privilegiado y lo que se transmite es sólo la perspectiva de las víctimas.

Pese a lo fuerte de las escenas, no se pierde la oportunidad de tener una carga de crítica y señalamiento político acordes con la propia historia y colocados en los momentos justos.

Las actuaciones son convincentes y realmente te trasladan al propio terror de los personajes al público lo que hace de Utoya. 22 de julio digna de verse, no sólo por su historia sino por la técnica cinematográfica con la que está hecha.

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