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Señora doubtfire cumple 30 años

Señora Doubtfire cumple 30 años

Los recuerdos de infancia se guardan en Tecnicolor y con el tiempo se magnifican y parecen mucho más épicos de lo que realmente fueron, o quizás no…

En mi memoria habita una sala de cine de la ciudad donde nací, en la que las luces se apagan poco a poco y hay alguien que quiere sentarse en las escaleras y, el acomodador, una figura desconocida para el público actual, evita que lo haga.

Estoy con mi hermano y mi tía y todo se reviste de la emoción por lo desconocido que hace palpitar fuerte la sangre que corre por mis venas y que incrementa mi ya de por sí incombustible hiperactividad.

Dice Google que han pasado 30 años de aquel recuerdo y la losa de la edad me ha pegado tan fuerte que tenía que escribirlo para mitigar el impacto.

Señora Doubtfire era y es, una comedia interpretada por Robin Williams, un actor que llenó el mundo de tantas risas como pudo para tratar de tapar la oscuridad que le rodeaba. En esta cinta interpretaba a un padre divorciado que no podía ver a sus hijos y se disfrazaba de “señora” para trabajar cuidándolos. La premisa ha envejecido fatal, somos conscientes, pero el mensaje sigue resonando.

Dicen que Robin pasaba del guión y se dedicaba a improvisar. Algo tuvo que hacer bien dentro de su caos organizado para que la cinta recaudara más de 400 millones de euros y se convirtiera en un clásico de los 90. Dirigida por Chris Columbus, el hombre detrás de muchas de las historias que marcaron a mi generación.

Daniel Hillard, es un actor en plena crisis incapaz de atarse a ningún compromiso laboral que no le motive (en fin, los artistas…). Adora a sus tres hijos Lydia, Chris y Natalie, pero su caótica vida no es lo que su madre, Miranda (Sally Field), cree que necesitan. El juez le da la razón y le otorga a la madre la custodia de los niños. Él podrá verlos y compartir responsabilidades, cuando demuestre que es capaz de mantener un empleo fijo y procurarles una estabilidad. Entonces Daniel decide hacer algo mejor, y en un giro inesperado de los acontecimientos, en vez de meterse un rato en Infojobs o actualizar su perfil en LinkedIn, le pide a su amigo que le ayude a convertirse en Mrs. Doubtfire. Y allí que se planta, con su peluca, sus dientes postizos y todo el trabajazo de caracterización que le valió a la película ganar el Oscar a mejor maquillaje.

Consigue el trabajo y se convierte en ama de llaves. Al principio los niños dudan, aunque creo que la pequeña (que es Mara Elizabeth Wilson, es decir, Matilda, la niña más lista del mundo literario) lo cala desde el primer momento (a ver, hermanos, que es nuestro padre con gafas y peluca) pero decide seguirle el rollo a ver que pasa.

Al final gana el amor, ese es un spoiler necesario. Porque se acerca la Navidad, época de creer en los finales felices y, también de echar de menos a los que no están. Personalmente, soy bastante Grinch y de ahí que apele a esa niña que mira ilusionada como se apagan las luces de un cine que ya ni existe, pero que es inmortal en su recuerdo.

La comedia es dolor más tiempo, Robin Williams lo sabía bien y llenó su filmografía de cintas que tal vez tenían un mensaje demasiado sutil o complicado para la edad a las que las vimos. Pero condensaron un mensaje de ánimo para cuando de verdad lo necesitáramos.

Ahora que tenemos todas las plataformas del mundo, todas las series, los últimos estrenos y el cine a un clic de distancia, tal vez sea un acto revolucionario buscar a Robin y recordar las risas de antaño. También es verdad que Señora Doubtfire está en Disney+, tampoco hay que ponerse a desempolvar el VHS (más que nada porque lo dejaste en el Cash Converters)

Te echamos de menos, Oh capitán, mi capitán.

Autor/a
(AKA )
Autobiografía: Zulay Montero estudió Periodismo por culpa de su libro favorito de pequeña: Sheila la Magnifica, en el que una niña creativa (y un poquito mentirosa) montaba un periódico durante un campamento de verano. Con el tiempo, la realidad de los medios de comunicación fue rompiendo sus sueños hasta hacerla caer en el lado oscuro de la publicidad. Ahora está de vuelta, retomando su pasión y dejando salir su auténtica voz: irónica, cruel y satírica, esa que se escondía tras la máscara de pretendida cordura que construyó para encajar. También es fan de cantar mal por la calle, estudiar filosofía para que su vida sea aún más absurda y trabajar en marketing mientras monta una ONG de comunicación solidaria. Pura contradicción e hipocresía. Frase: "Tonterías. Solo lo dices porque nadie lo ha hecho nunca" - La princesa prometida
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