Hace un año el estreno de Wicked fue todo un éxito. Pese a venir respaldada por ser uno de los musicales referentes de Broadway y West End, recientes descalabros en taquilla como la infame Cats, West side story o In the heights indirectamente mandaban el mensaje de que tal vez el gran público ya no estaba interesado en ver musicales en la pantalla grande. La primera prueba se saldo con buena nota, sin embargo, quedaba esperar un año para ver la conclusión de la historia. La decisión de dividir el musical en dos partes, en los dos actos que componen la obra teatral original era un riesgo. Por un lado, había más garantías de que toda la historia pudiese contarse adecuadamente en el medio cinematográfico sin tener que recortar hasta dejar la trama mutilada. Por otro lado, cabía la posibilidad de que, si una primera parte no funcionaba que la segunda se cayese con todo el equipo, y que por los tiempos que maneja el cine estrenar el acto dos reconvertido a parte dos suponía esperar más tiempo y que el interés del publico se hubiese disipado. Con todos esos obstáculos en teoría superados, el momento de la verdad, el de la conclusión, ha llegado.
Basada en el musical homónimo con libreto de Winnie Holtzman y música de Stephen Schwartz, a su vez inspirado en la novela de Gregory Maguire, la historia sigue a Elphaba y Glinda. Tras el final de la primera parte, ambas tomaron una difícil decisión de asumir un determinado rol. Los ciudadanos de Oz reclaman la cabeza de Elphaba, a ojos de todos convertida en la Malvada Bruja del Oeste, mientras que Glinda se ha convertido en la mano derecha del Mago de Oz y en la figura que representa la bondad y la esperanza. Pero los caminos de ambas volverán a cruzarse transformándolas aun más y finalmente sellando el destino de Oz.
He de aclarar nuevamente que mi familiarización con la obra original es exclusivamente a través de su banda sonora, por lo que ver como esa música cobraba vida con imágenes ha sido toda una experiencia. Para este segundo acto o parte dos, Elphaba y Glinda saben de la oscuridad que yace detrás del brillo de la Ciudad Esmeralda, al igual que el público, y la cinta comienza con un tono mucho más lúgubre, con el cambio de paradigma que pretende instaurarse desde las altas esferas del poder. Justo el tema sobre aquellos que están en la cima son los que dictan las normas, los que crean la narrativa que se ajuste a su visión y a sus intereses, y los que, si es preciso que la gente se crea las mentiras, podrán en marcha toda la maquinaria para ello, enfocando toda la atención en una única amenaza para desviar la atención sobre otros asuntos está todavía más vigente en esta segunda parte.
Y si en la primera parte las líneas sobre lo que supone ser bueno y malo quedaban muy difusas por los personajes de Glinda y Elphaba, donde por mucho que se las quisiera etiquetar dentro de un determinado arquetipo, para esta segunda parte esos límites de difuminan todavía más. Ambas se ven obligadas a tomar más decisiones acordes a sus personajes, cuestionándose esas decisiones ya sea con gestos o a través de canciones que enlazan de forma muy inteligente con El Mago de Oz. Y al tratarse de una segunda parte, hay dinámicas de personajes que previamente ya habían quedado establecidos, por lo que no es exagerado decir que este tramo de la historia tal y como está enfocado más que a Elphaba le corresponde a Glinda, pues su viaje y su transformación es la más estimulante.

Pero en esta ocasión, el traslado del segundo acto teatral al medio fílmico arrastra algún que otro defecto heredado del medio original. Por cuestiones espacio temporales, la mitología del Mago de Oz ya irrumpe de lleno en el filme, por lo que es necesario que la trama avance más hasta enlazar con la historia de Dorothy, Es notable también que para esta ocasión el número de canciones es menor y casi que a excepción de ‘No Good Deed’ o por la carga emocional que supone ‘For Good’ no hay canciones tan memorables. Curiosamente, hay dos nuevas canciones hechas para la película, pero no aportan nada, a nivel composición de música o de letra pasan sin pena ni gloria. Y todo ello hace que el ritmo se ralentice horrores, que esta segunda parte se sienta “rara” o menos cohesionada. En cuanto al aspecto visual, dado que ambas partes de grabaron de manera simultánea, la fotografía destaca para algunos colores en particular, como el rosa, el negro, el verde o el amarillo, pero nuevamente al estar relacionada con una de las películas que lleva el Technicolor por bandera el resultado se siente insuficiente. No así los decorados y los vestuarios, que casi desde la primera escena no han reparado en gastos con ninguno de esos departamentos y junto con las interpretaciones serian el apartado más destacado.
Si hablamos de las interpretaciones, hay que detenerse en quienes son las caras visibles de la película. Cynthia Erivo como Elphaba es la voz de la determinación, quien en su camino se permite dudar sobre sus elecciones y se muestra más vulnerable que nunca. Ariana Grande como Glinda vuelve a demostrar un timing cómico excelente y una madurez y crecimiento en su personaje que hace que todo el viaje merezca la pena. Personalmente no puedo dejar de lado a Jonathan Bailey, quien más allá de seguir demostrando tener química con quien se le ponga por delante logra expresar tanto con una simple mirada, como si fuera un maestro en ese arte. Y en cuanto a la parte negativa, por desgracia Michelle Yeoh como Madame Morrible si bien como antagonista puede dar el pego, cuando le toca cantar sus carencias son muy evidentes, un caso similar al de Pierce Brosnan en Mamma Mia.
En resumen, si la primera parte dejaba los sentimientos a flor de piel, con una nota altísima literal y figurada y como adaptación era difícil sacarle peros, esta conclusión sigue siendo notable, pero algo más caótica y apresurada, pues no replica la misma satisfacción de cierre para la historia de las dos brujas.











